El aprendizaje del golf abarca la adquisición de nuevas habilidades, el perfeccionamiento de habilidades que se dominan pero que deben mejorarse y la eliminación de movimientos y conductas incorrectas.

El cambio de movimientos y conductas habituales no resulta fácil, cuando se entrena a golfistas con cierta experiencia. Los golfistas son reacios al cambio de sus habilidades, al percibir un balance subjetivamente desventajoso, entre el supuesto beneficio que podrían conseguir y el elevado coste personal implicado en el intento.

Los golfistas desarrollan creencias rígidas acerca del aprendizaje. Las creencias rígidas como: no voy a poder hacerlo, estoy peor que antes, ahora no puedo de ninguna forma, me hubiera quedado como estaba, etc. interfieren significativamente en el proceso de aprendizaje.

La influencia negativa de estas creencias rígidas dificulta que los alumnos sigan las instrucciones del profesor, propicia que cometan errores cuando practican el nuevo movimiento y favorece la valoración sesgada y negativa sobre el rendimiento del nuevo movimiento.

Los golfistas llegan con entusiasmo a tomar clases, pero se desaniman cuando el progreso no corresponde a sus expectativas previas (muchas veces poco realistas). Motivar a los jugadores, darles confianza y cambiar sus creencias rígidas es un reto aun mayor que corregir la técnica.

La disposición de los jugadores es un factor decisivo para seguir el proceso de aprendizaje. Una de las labores más difíciles que tenemos como profesores es educar la mente de las personas para que estén dispuestas a seguir el proceso de aprendizaje. Una mente abierta es un campo fértil para enseñar, pero cuando los alumnos tienen creencias rígidas negativas y una mente cerrada es poco lo que se puede hacer por ellos.